Viernes, 02 de diciembre de 2005
Al principio de cada temporada las previsiones deportivas que el entrenador tiene de cada uno de los miembros del equipo pueden convertirse en profecías autocumplidas. Este fenómeno puede llegar a ser muy peligroso cuando el entrenador, a principio de la temporada, infravalora las capacidades de un individuo. La frecuencia y la calidad de las instrucciones que recibe el jugador son menos eficaces mermando el derecho de igualdad en el aprendizaje. Los progresos tardan -o no aparecen- y el jugador pierde motivación y autoconfianza. Es entonces cuando comienza a mostrar sus posibles carencias de forma más acusada.

No transcurre mucho tiempo hasta que se cumplen las desacertadas expectativas del entrenador: el prejuicio de incompetencia original se cumple irremisiblemente.

Aunque todos los entrenadores crean expectativas sobre las capacidades de sus jugadores, no todos los son Pigmalión y son conscientes de las dificultades que pueden llegar a suponer este tipo de conducta. De hecho son más capaces de controlar su propia conducta instruccional con el fin de conseguir una mayor calidad de la enseñanza teniendo siempre presente el Principio de la Individualidad del Entrenamiento.

Una sucesión cronológica de hechos nos puede ayudar a comprender el proceso. Al principio de la temporada, el entrenador manifiesta las escasas expectativas de éxito -irreales-que prevé en un jugador. La atención y los estímulos que le proporciona son de inferior calidad con respecto al resto del equipo. Poco a poco las dificultades para el jugador van aumentando hasta hacerse insalvables. Su motivación disminuye. Como es lógico, su rendimiento no alcanza la media del equipo. Al final de la sucesión de hechos todo el mundo comprueba que, efectivamente, el entrenador tenía razón: “este jugador no vale”.

Publicado por Marisa_Bidilla @ 0:39  | El entrenador
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