Viernes, 28 de octubre de 2005

El proceso de aprendizaje de las habilidades que transcurra en un buen ambiente se desarrollará de una manera más rápida, efectiva y los resultados finales alcanzarán límites más elevados. En estas circunstancias provocaremos una actitud positiva hacia el trabajo que se está realizando y la adherencia a la práctica deportiva será mayor.

Por el contrario, el aprendizaje que tiene lugar en condiciones de monotonía y confusión conducirá, irremisiblemente, a la aparición de conductas de evitación en los jugadores. Esto sin mencionar al tirano jupiterino que vocifera sin ton ni son por doquier y aprovecha su posición de fuerza para tomar resoluciones encaminadas a colmar su inmenso ego.

Sin lugar a dudas, los buenos entrenadores son excelentes profesores y hacen de la comunicación una virtud.

Como no podría ser más evidente, el contacto con el mundo del entrenamiento se realiza desde dos situaciones distintas: o bien se ha sido jugador de Hockey Sobre Patines o se proviene desde el papel de simple aficionado. Todo tiene sus ventajas en inconvenientes. La ventaja con la que cuenta el primero, es haber vivido en su propia piel todas las facetas del aprendizaje. Muchos de los objetivos a alcanzar en la formación de los jugadores ya los ha conseguido y los buscará, en principio, de forma empírica. Ser un buen jugador de Hockey Sobre Patines no implica ser un buen entrenador. Si bien es cierto que ser poseedor de una cierta pericia siempre ayuda, la habilidad para detectar errores de ejecución y subsanarlos, saber reforzar la más mínima mejora y poseer una gran capacidad de síntesis y comunicación son con mucho más necesarias para llevar nuestro barco a buen puerto que el haber vivido una experiencia previa encima de los patines.

No hace mucho tiempo, un gran ex-jugador y entrenador novel se afanaba en su trabajo con un grupo de muchachos. Confiaba en la técnica de la demostración para entrenar a sus pupilos. Cuando se presentaba una dificultad en la ejecución de alguna habilidad se apresuraba a demostrar prácticamente cómo tenían que hacerse las cosas. Nuevos errores conducían a nuevas demostraciones. La incapacidad que tenía de aislar el error cometido en la ejecución y por tanto su falta de pericia para comunicar con claridad la información necesaria para una correcta ejecución, hacía que la progresión no fuese la adecuada en tiempo y forma. En resumen: no estaba preparado para enseñar.

Como es lógico, la persona para la que su primer contacto directo con el deporte parte desde una base teórica, ha de estudiar concienzudamente, para poder comenzar a crearse un criterio metodológico correcto.

Si tú, amigo lector, te acercas a este mundo desde la segunda situación, es decir de aficionado, no te acomplejes, no todo son ventajas para los ex-jugadores con respecto a ti. A veces los hábitos adquiridos por estos marcan determinantemente el desarrollo de la enseñanza. Pongamos un ejemplo: ante una situación concreta en pista, el ex-jugador pudiera tender a aconsejar la solución que él hubiese adoptado conforme a sus propias características y no a las del aprendiz.

Evidentemente no siempre es así, pero esperamos que estas líneas valgan para insuflar un poco de ánimo para el entrenador, llamémosle, exógeno.


Publicado por Marisa_Bidilla @ 13:43  | El entrenador
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios