S?bado, 08 de octubre de 2005
Todo comenzó hace ya muchos años, durante los albores del siglo XVIII, cuando un holandés llamado Hans Brinker se negó a esperar que llegase el invierno para poder patinar en el hielo. El invento de Brinker consistía en unos rodillos sujetos directamente a la suela de sus botas. La idea no era mala, pero ni los materiales ni el diseño permitieron a nuestro amigo Brinker ir muy allá.

Pasó algún tiempo hasta que a finales de la década de los sesenta aparece en escena como director del museo Cox en Spring Gardens, -más adelante veremos lo adecuado del término- el luthier belga Joseph Merlín. Su invento le hace acreedor del reconocimiento como el padre de los patines. El artilugio consistía en una plancha de madera en la que las ruedas se encontraban acopladas y todo el conjunto iba atado al pie.
La presentación en sociedad del nuevo invento tuvo lugar durante uno de los elegantes bailes de la City Londinense. De repente se reclama la atención de los asistentes. Ante el asombro de toda la Corte. Una música de violín comienza a sonar. Era el propio Merlin. Pero, ¿qué lleva en los pies? ¡No camina, está patinando! La gente se fascina con el espectáculo. Merlin también. El entusiasmo de la gente lo contagia. Por un momento, jaleado por el público allí presente, su mente se evade y sus pies se mueven cada vez más y más deprisa hasta que pierde el control yendo a estrellarse contra uno de los carísimos espejos que adornaban el salón. Las heridas que se produce al detenerse de esa forma tan poco ortodoxa a punto estuvieron de costarle la vida.

La verdad es que después de ese desagradable incidente, no se tienen noticias del pobre Merlin. Quizás consideró suficiente su experiencia y siguió dedicado a su oficio como fabricante de instrumentos musicales, lo que por otro lado seguro que le resultaba más productivo y gratificante a juzgar por sus relaciones con la Corte Londinense.

Tuvieron que pasar más de 50 años para que Jean Garcin, un aficionado al patinaje sobre hielo francés, evolucionara el diseño de los patines. Construye un patín al que le puso el nombre de “Cingar” (las dos sílabas de su nombre al revés) e introduce el concepto de lo que hoy llamamos “plancha”. Eso sí, se trata de una plancha de madera la cual sirve de apoyo a los rodillos y se ajusta a los pies del temerario usuario con unas correas. Para los pioneros del patinaje era como montar un caballo salvaje y la dificultad del control de la estabilidad y la dirección era evidente.
Animado por su invento, Garcin abre en París la primera escuela de patinaje de la historia. Al principio tuvo cierta aceptación, quizás más por esnobismo que por otra cosa. El caso es que la escuela no aguantó mucho tiempo abierta. La enorme cantidad de accidentes sufridos por los alumnos conduce a una progresiva pero constante falta de adeptos y hace que Garcin tenga que echar el cierre.

En 1849 un acontecimiento inesperado le da un nuevo empujón al patinaje: la ópera. En concreto la obra del compositor Giacomo Meyerbeer “Le Prophète”. El autor imagina una escena invernal ambientada sobre un río helado con los actores patinando. El problema era evidente: ¿cómo conseguir el mayor realismo posible? Quizás esos nuevos patines con ruedas podrían servir.
Louis Legrand, el profesor encargado de enseñar a patinar a los actores, se muestra como una persona extremadamente competente y no sólo realiza su trabajo sino que trabaja sobre un tipo de patín que será el prototipo de los patines actuales de dos ejes.
Hasta esa fecha, sin duda influido por el patín de hielo, el diseño al uso consistía en dos ruedas colocadas en línea. Pero resultaba un tanto inestable para las personas menos habilidosas. El nuevo patín de Legrand incorpora un eje trasero y otro delantero con dos ruedas cada uno con lo que ganan en estabilidad.
El boca a boca recorre todo París y la gente acude intrigada para ver la novedosa puesta en escena. La representación resulta un éxito a pesar de que, de vez en cuando, algún desafortunado actor terminaba en el foso de la orquesta intentando dominar aquellos rebeldes patines. “La Prophète” pone de moda al patinaje en París. La compañía finaliza sus representaciones en la capital francesa y se traslada de gira a Londres contagiando a los londinenses con la misma fiebre del patín que ya padecían los parisinos.

El diseño inicial de Garcin es perfeccionado y se presenta en la Feria Mundial de París de 1867. Las demostraciones que tienen lugar asombran a un empresario neoyorquino llamado Leonard Plimton que se lleva la idea a su país en donde perfecciona los patines -empleando amortiguadores de goma en los ejes para facilitar los giros- y comienza a producirlos en cadena.
Pero el interés de Plimton por el patinaje no se limita únicamente a la fabricación de patines. Siguiendo una buena estrategia empresarial, inaugura Newport (Rhode Island - EE. UU.) en lo que será la primera pista de patinaje del mundo, organiza la primera sociedad internacional de patinaje sobre ruedas y promueve las primeras competiciones de lo que podríamos llamar patinaje artístico.

En 1876 París inaugura su primer salón de patinaje en lo que debería haber sido una pista de hielo. El proyecto inicial se convirtió en una pista de patinaje debido a las protestas de los vecinos de la zona. Según ellos, el volumen de agua que requeriría la instalación, les haría vivir en un ambiente con una humedad nada saludable. El caso es que con razón o sin ella, el patinaje sobre ruedas sale beneficiado.

Otra gran capital europea como Berlín, construye su primera pista de patinaje en el mismo año. Después le llega el turno a Frankfurt y así, una tras otra, las ciudades van contagiándose con la fiebre de patinaje que se extiende por Europa. No hay una ciudad medianamente grande de Inglaterra que no cuente con una pista de patinaje.

Durante la década de los ochenta, el patinaje se beneficia de los nuevos sistemas de producción de la Revolución Industrial. La fabricación en cadena los costes de fabricación de los patines y los precios se vuelven asequibles para el gran público llegando a poner sobre las tres mil pistas, sólo en los Estados Unidos, más de un millón de pares de patines
Si bien aumenta el número de modelos lanzados al mercado, algunos resultan un tanto extravagantes. Desde los que incorporan neumáticos hasta los que llevan ruedas de 25 centímetros de diámetro pasando por el uso de correas de goma en lugar de cuero, casi cualquier idea es aplicada a los diseños. Pero la verdadera revolución surge cuando se incorporan cojinetes a las ruedas. El deslizamiento y la velocidad mejoraron notablemente hasta el punto de que hoy en día -si pasamos por alto las innovaciones técnicas- no se ha encontrado una solución mejor.

Más o menos por aquella época, un mecenas llamado Baillier, construye en París la más lujosa y espectacular pista de patinaje de París: “El Palacio del Patinaje”. Pero tan espectacular obra únicamente está abierta al público durante unos ocho meses. Los costes de explotación son tan elevados que los ingresos no los cubren y la empresa quiebra.
En 1890 se inaugura en Londres la pista de patinaje más grande jamás construida: el “Grand Hall Olimpia”. Sus dimensiones son espectaculares. Ocupa una superficie de 6.000 metros cuadrados, equivalente a un campo de fútbol. El auge de este tipo de instalaciones es notable. Sólo en un año y medio se abren 50 pistas en Alemania y 30 en Gran Bretaña.

Publicado por Marisa_Bidilla @ 12:17  | Historia
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