Lunes, 16 de mayo de 2005
Padres, entrenadores, APA`s y Federaciones, han estructurado unas competiciones de adultos, unos entrenamientos de adultos y unas exigencias de adultos para los niños.

Los padres, a menudo con acciones excesivamente proteccionistas, invaden un mundo en el cual los niños no les contemplan. Cuando un niño se acerca al mundo del deporte hay que pensar en si esto se debe a una iniciativa propia apoyada por sus padres o bien es el propio padre - o madre - el que está reflejando en el niño un deseo proveniente de una frustración o, tal vez, un deseo de notoriedad alimentado por los medios de comunicación. Padres intrusos (Intrusive parents; Ogilive, 1979) creen poder valorar mejor a sus hijos por conocerlos más. Pero sólo ven su comportamiento dentro de la familia y no en condiciones de las exigencias de tareas específicas para un grupo de entrenamiento.

Cuando un niño comienza en una disciplina deportiva se abre a un nuevo mundo en el cual él es protagonista. Los primeros pasos de un niño fuera de la familia disfrutando de gran autonomía se dan en el colegio. Allí comienzan nuevas relaciones y responsabilidades en las cuales el niño no contempla la figura de los padres. Este hecho es aceptado de forma natural por el adulto el cual mantiene una actitud de seguimiento a distancia.

El segundo mundo que se le abre al niño es el deporte. Básicamente las circunstancias y elementos que lo forman no se distancian mucho del colegio: un adulto instructor, compañeros siguiendo un mismo objetivo, retos y responsabilidades, etc. Pero entonces ¿qué es lo que hace que determinados padres se inmiscuyan dentro de éste Segundo Mundo del niño?. En más ocasiones de las deseadas, nos hemos encontrado con padres "asiduos" a los entrenamientos de los niños. Siguen el plan de entrenamiento como si fueran ellos los participantes haciéndoles la bolsa de deporte y llevándosela hasta el vestuario, cuando no, los visten, les comentan y ¿corrigen? las habilidades que el niño va logrando y por último actúan de abogados de sus hijos. Es una actitud patética que puede llegar a hacer desaparecer el interés del niño por el deporte al verse desplazado en situaciones en las que sus compañeros actúan con iniciativa propia.



Los éxitos en los niños no tienen que ser necesariamente victorias en competiciones impuestas desde el exterior. Si influenciamos en el niño de forma que él lo crea, podríamos generar consecuencias de mayor gravedad que la propia competición. A medida que pasan los años, un concepto del éxito erróneo genera una presión que el niño tardará en superar o le conducirá al abandono.

La planificación de las competiciones, sus objetivos y calendarios no deben de realizarse sin el asesoramiento de técnicos capacitados. Para una Federación es muy sencillo aplicar los esquemas de las competiciones de adultos a los niños. Estas cuentan con el beneplácito de clubes con un planteamiento deportivo basado en conseguir victorias; de entrenadores frustrados que no pudiendo, o no queriendo, dirigir equipos de adultos, plantean temporadas donde esperan conseguir ‚éxitos inmediatos pero efímeros; de padres deseosos de ver algún día a sus hijos en las páginas de algún periódico y que ellos mismos alcancen una notoriedad a través de éstos que les fue esquiva cuando practicaban el mismo deporte; en fin, con el beneplácito de todos a excepción de los más interesados.

Las competiciones propias de adultos generan unas condiciones en las que los niños no estarían dispuestos a medirse por si mismos. En el primer contacto con el mundo de la competición, el niño intenta asimilar toda la información que se le proporciona al respecto y se le hace creer que esa es la única forma de participar en el deporte. Evidentemente, el niño procesa toda esa información y la asimila como propia para agrado y disfrute de los adultos.

No debemos alimentar el miedo al fracaso aumentando las expectativas sobre las capacidades del niño puesto que el desarrollo de sus habilidades se retrasará. No se trata de cosechar escasos éxitos destacados, lo que no influye positiva y duraderamente en la motivación del deportista infantil, pero sí lo hace para las organizaciones y asociaciones deportivas. Para conseguir una motivación constante y positiva deberemos de planificar diversas competiciones comparativas en las que se puedan formar grupos de competición orientados en los niveles; para el niño cuenta en primer lugar el éxito, sólo en segundo o tercer lugar viene el tipo de competición (Hahnn, 1982).

Cuando perseguimos un tipo de competición igualitaria, buscamos entre otras cosas que, de producirse el fracaso, éste sea entre deportistas de un nivel similar, lo cual apenas influir en el nivel de exigencias del individuo; mientras que el fracaso en competiciones no adecuadas acarreará graves consecuencias.

Una competición que no sea igualitaria, como la mayoría de las que actualmente se programan, tiene una doble vertiente negativa. La primera afecta al deportista que es muy superior a su contrincante. Por un lado llena de satisfacción a sus padres, hace creer al entrenador indocumentado que su método es correcto y al dirigente chauvinista que su club alcanza cotas de renombre cuando realmente no está compitiendo contra nadie.

La segunda vertiente afecta al deportista con un nivel evolutivo de sus habilidades inferior. Sus padres adoptan una postura de resignación que el propio deportista percibe y llega a conformarse con su status. Un entrenador con poca seguridad en su método pierde interés paulatinamente y el dirigente se llena de inseguridad en lo que concierne a sus deportistas y entrenadores anhelando un cambio de unos y otros. Mientras tanto los dirigentes de las federaciones únicamente ven a un equipo o deportista que les representará a nivel nacional. Lo malo es que una vez entrados en una competición a nivel nacional estos problemas se vuelven a repetir con el único cambio de que el dirigente federativo realiza el papel del dirigente de club anteriormente descrito.



El entrenador como parte del desarrollo general de los deportistas, ha de vigilar también la formación extradeportiva del niño y, si es necesario, intervenir en ella. Llegados a esta cuestión, las Asociaciones deportivas deberían de tratar con extremada prudencia la incorporación de cada entrenador a la estructura de la organización, buscando una buena cualificación profesional.

Del mismo modo que cuando se precisa la ayuda de un profesor para un niño con dificultades escolares, o cuando buscamos un buen colegio con un plantel de profesores capacitados para confiarle el desarrollo del niño ¿por qué‚ no tenemos el mismo nivel de exigencia a la hora de confiarle su formación deportiva? No es suficiente un título que mostrar.

Únicamente la experiencia, arropada con unos conocimientos demostrados y una correcta preparación académica es garantía de la capacidad del entrenador para confiar la tan delicada formación deportiva de individuo.

Los niños deben ser educados en el deporte y a través de él hacia la autodeterminación y la autonomía.



Carlos Parga Valeiro
Entrenador Superior de Hockey Sobre Patines

Publicado por Marisa_Bidilla @ 14:26  | Opini?n
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