Domingo, 24 de noviembre de 2013

¿Hay algo pero que un entrenador malo? Sí, un entrenador vago.

En defensa del primero hemos de decir que su ignorancia será pasajera. Cometerá errores, pero el trabajo le llevará a evolucionar. Nos podrá gustar más o menos pero con el tiempo llegará a formar su propio método. Su formación podrá evolucionar de forma más o menos lenta y por caminos más o menos afortunados pero nadie le podrá echar en cara nunca que no trabaja. Del otro individuo, Dios nos libre.

Lo peor no es su vagancia. Al fin y al cabo es suya. Lo malo es que cada minuto que un niño pasa bajo su responsabilidad es un minuto perdido que ya no volverá a recuperar. Este tipo de seres abunda más de lo que parece. Lo bueno es que son fácilmente reconocibles a poco que nos fijemos. Jamás llevan escritos sus entrenamientos. Ellos saben perfectamente lo que van a hacer o, en todo caso, ya se le ocurrirá algo. La inspiración es lo que tiene. Tampoco se toman la molestia de escribirlos después de haberlos improvisado. Jamás sabrán qué es lo que han hecho ni lo que deben trabajar en un futuro. Hay otro espécimen de entrenadores vagos que no necesitan planificar lo que van a hacer en cada entrenamiento. Simplemente hacen siempre lo mismo.

Ninguno de los dos se toman la molestia en corregir. Mandan hacer los ejercicios y punto.  Aunque en el partidillo, los días que se encuentran más participativos, siempre podrán gritar: ¡Tiro, tiro! Una pena que no le hayan enseñado al niño a hacerlo.

Entrenan a distancia, desde la banda. Eso sí, con la mirada profunda como si analizasen lo que hacen sus pupilos cuando en realidad tienen el pensamiento en sabe Dios dónde. Sólo interrumpen sus, por lo general, aburridos y monótonos entrenamientos para cambiar el ¿ejercicio?

Frecuentemente atienden a los padres durante las sesiones de trabajo. Es su mejor momento. Se les pasa más entretenida la hora del curro. Los hay que disimulan mirando para la pista mientras escuchan. Otros ni eso. Media vuelta y bla, bla, bla. Especial mención merecen los que abandonan la pista no sin antes soltar un: “Ir haciendo esto que vengo ahora”. Y si te he visto no me acuerdo. Diez minutos después de la hora fijada como fin del entrenamiento aparecen a toda prisa: “¡Venga, vámonos que es tarde!”

Los jugadores que más sufren las carencias del entrenador vago, sin duda ninguna, son los porteros. Sus entrenamientos pueden ir desde el “Calienta” –sin saber cómo- hasta el “Ponte que te chutan”. Fin de la conversación. El resto del entrenamiento consiste en forrar al portero de principio a fin y, en eso sí que no hay discriminación con el resto de sus compañeros, sin la menor corrección.

Les gusta hablar al mundo. No hay nada como una buena teórica para dejar las cosas claras. “Yo de esto sé un montón, y porque no tengo una pizarra aquí que si no, os ibais a enterar”. Las peroratas, inútiles para corregir individualmente a sus pupilos, inducen a la narcolepsia. La prueba del algodón es sencilla. Al finalizar el cilindro de turno podemos preguntar a cualquier niño “¿Te has enterado de algo?”. También podemos encontrarnos, ya en edades la mar de tiernas, el pragmatismo puro: “No le hago caso porque, total, ya me gritará dentro de un momento y además, lo haga como lo haga, me gritará igual”.

Luego viene el fin de semana. Ahí sí. Pedazo de entrenador. Antes del partido un buen repaso a un montón de topicazos repetidos fin de semana tras fin de semana. No vaya a ser que los niños se olviden. Luego empieza el partido. Si chuto y fallo, bronca: ¡Pase, pase!. Si la paso y falla, bronca: ¡Chuta, chuta! Es lo que sucede cuando  no se tienen claros los conceptos, o al menos las ideas. Pero no todo está perdido. Es bueno pedir un tiempo muerto para refrescar las ideas. Da igual si hablo sobre cosas que hemos “entrenado” o no. Tras la nueva lección magistral y ya fuera del alcance del míster, los niños se hacen la pregunta “¿Qué ha dicho?”

Grita, gesticula, ordena por aquí, por alla. Pero alma de cántaro “¡Si no hemos estudiado para el exámen, cómo cojinetes lo vamos a aprobar!”

Fin del partido. Hemos empatado contra aquellos a los que la temporada pasada les metíamos quince. Lejos de la autocrítica y la reflexión sobre el porqué, el lunes vuelta a empezar. Total esta tarde juega el Madrí y voy a verlo en el bar de la esquina…


Publicado por Pincesita77 @ 21:10  | El entrenador
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