Cuando un niño practica un deporte fuera de las instalaciones de su colegio, recae en manos del entrenador el establecimiento de una conexión entre las personas que forman parte del grupo de adultos que rodean a los niños e intervienen de forma decisiva en el desarrollo de la personalidad.
Cada grupo de trabajo posee su propia dimensión relacional. Se generan conexiones e interdependencias entre sus miembros estructurándose una malla característica del mismo.
Dentro del grupo cada jugador vive una experiencia personal y manifiesta, mediante conductas deportivas que hemos de saber interpretar, su propia personalidad. Su comportamiento se irá ajustando influenciado por sus intereses personales, la motivación y la relación que establezcan los demás miembros del grupo con él.
En el transcurso de la relación con los demás todos los individuos vivirán momentos traumáticos o revalorizantes. Las múltiples experiencias que proporciona el juego o las derivadas de las situaciones extra-deportivas que lo rodean son el origen de lo que comúnmente se ha dado por denominar "el mundillo".
La formación de grupos dentro de un equipo, el ansia por el liderazgo, los intentos de sometimiento... Debemos de estar muy atentos a todo este tipo de actitudes, las cuales sin duda ocurrirán, y requerirán la intervención del entrenador actuando como elemento regulador de las relaciones. Como resulta deducible, una vez más, el trabajo del entrenador o va más allá de la pista.
La actuación del niño en una sesión de trabajo no es tan impulsiva como nos podría parecer. Desde el primer momento el pensamiento está presente en el aprendizaje de las destrezas motrices. Este aprendizaje requiere, además de que el niño ponga en marcha su pensamiento en la dirección adecuada, que realice movimientos coordinados.
En primer lugar, el niño se fija en la ejecución de una determinada habilidad o escucha una explicación sobre como se realiza la misma. A continuación intenta ejecutarla reconstruyendo la secuencia de movimientos observada o bien la visualiza mentalmente. Como podemos deducir para una correcta evolución del aprendizaje, las habilidades a asimilar se sucederán de las más sencillas a las más complejas.
Durante y después de la ejecución, el niño percibe sensaciones cualitativas sobre la habilidad realizada. Para ello puede no ser necesario que reciba informaciones por parte del entrenador (hace un regate y se le escapa la bola, chuta errando la dirección o altura, etc.).
Ahora entra en juego la capacidad de análisis del entrenador que le explicará lo que debe de corregir antes de la siguiente tentativa. El niño intentará entender la relación que se ha producido entre sus movimientos y el resultado final. Por último -o quizás durante las explicaciones recibidas- ensaya mentalmente la habilidad haciendo uso de la experiencia anterior, de los consejos del entrenador e incluso de la observación de sus compañeros y lo intenta nuevamente.
A medida que aumenta el número de ensayos el número de sensaciones se multiplican y se concretan. Comienza a ser capaz de disociar por sí mismo las partes de las que se compone la habilidad y es capaz de aplicar los ajustes necesarios sobre la base del repaso mental y la información recibida.